La Voz del Interior @lavozcomar: Un nuevo populismo con pretensiones monárquicas

Un nuevo populismo con pretensiones monárquicas

En su obra El siglo del populismo, Pierre Rosanvallon observa la cuestión del referéndum. El autor plantea con una lúcida mirada que el elogio del referéndum ocupa un lugar central en la retórica de los populismos contemporáneos: la idea de una democracia que ha perdido su encanto y no ofrece respuestas.

Subyace una perspectiva universal de que los procedimientos, las instituciones representativo-parlamentarias tradicionales se encuentran agotadas. Esta llamada a instalar formas directas de intervención del pueblo no son algo nuevo, o no pueden conceptualizarse como lo nuevo.

En su trabajo, el prestigioso sociólogo e historiador francés afirma que, si bien el referéndum luce como una ventaja, pues a quienes eligen les permite decidir por sí mismos un tema determinado, se deben tomar en cuenta las implicancias negativas desde el punto de vista de ese mismo proyecto de pretendida profundización democrática.

En este sentido, Rosanvallon enuncia varios puntos ciegos que pueden distinguirse en el uso del referéndum en relación con una teoría democrática. En primera instancia, tiende a disolver la noción de responsabilidad política. En segundo lugar, implica una confusión entre las nociones de decisión y de voluntad en política. Finalmente, sacraliza el fenómeno mayoritario, tendiendo a otorgarle una dimensión de irreversibilidad.

Con el resultado puesto de las Paso del pasado 13 de agosto, la grilla para las elecciones presidenciales quedó dividida en cuatro cuartos, aproximadamente. El candidato más votado en las elecciones primarias abiertas, simultáneas y obligatorias fue Javier Milei, quien en esta oportunidad no compitió con nadie dentro de su propio espacio.

Cuatro cuartos (en términos muy generales), ya que un poco más de un cuarto votó a Milei, un poco menos de un cuarto votó a Juntos por el Cambio y otro tanto a Unión por la Patria, y más de un cuarto –en torno de 30%, en realidad– no fue a votar o votó en blanco.

Sin lugar a dudas, prevalece un escenario de gran incertidumbre, pues cualquier resultado es posible.

El voto a un candidato atractivo por su perfil disruptivo, seductor por sus propuestas radicalizadas en tiempos de hartazgo genuino contra los políticos tradicionales, sus prácticas y por el ejercicio de la política en general, resulta un arma de doble filo.

Por un lado, es una clara señal de la ciudadanía de que está cansada de los privilegios, del nepotismo desilustrado, de la sagacidad y del fracaso colectivo de una clase política que sin lugar a dudas tiene muchos pendientes para con la sociedad y sus dolencias.

Ponerse de acuerdo

Pero también votar a un candidato que no tiene condiciones de gobernabilidad democrática –claramente explicada por el prestigioso politólogo Andrés Malamud– implica que la sociedad le entrega un traje monárquico a un candidato que tiene una fuerte propensión a destruir, cerrar, echar y denostar a quienes no piensan como él.

Argentina se gobierna poniéndose de acuerdo, recalca Malamud, y difícilmente se puede construir acuerdos cuando, como metodología de acumulación política, se utiliza de manera indiscriminada –sea de manera intuitiva o explícita– la captación de emociones de posición (rabia a no ser reconocido; se traduce en resentimiento democrático), emociones de intelección (se apoyan en visiones complotistas que las alimentan) y emociones de acción (materializadas en el “que se vayan todos”), que a partir de imágenes imprecisas poseen gran capacidad de movilización.

Rosanvallon pone como ejemplos específicos al respecto la referencia a los del 1%, a la casta o a los tecnócratas de Bruselas. Bajo la perspectiva del filósofo, constituyen un papel fundamental en la determinación de la “razón populista”.

Síntesis: en octubre los argentinos debemos decidir si optamos por el populismo de izquierda que ha fracasado o por este nuevo populismo de derecha, mesiánico y con pretensiones monárquicas que –por más que gane por el 80%– no contará con los resortes institucionales para afrontar la magnitud de las transformaciones prometidas y que, además, ha minado cualquier posibilidad de diálogo a partir de una autodesignada superioridad moral, que así como luce de intransigente también parece contradictoria.

Argentina merece un gran acuerdo nacional, pero sobre todo responsabilidad política de los dirigentes y de quienes los elegimos. Está claro que en la situación actual sólo se puede prometer sangre, sudor y lágrimas, además de mucho esfuerzo. Lo importante es que ese esfuerzo y el sacrificio que deberá afrontar el pueblo sirvan para salir de una brutal y progresiva decadencia, a la cual nos quieren hacer creer que estamos condenados.

* Magíster en Administración de Servicios de Salud

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